Un encuentro con Fidel.

El escritor colombiano Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura, recuerda las reuniones con su amigo, el líder cubano.

(Extraído de Cuba: Guías Océano)

Comentando la visita de un extranjero que lo acompañó en una visita por Cuba durante una semana, Fidel Castro se asombró de lo mucho que este hablaba y exclamó que la hacía aún más que él. Sin embargo, basta con conocer tan sólo un poco a Fidel Castro para darse cuenta de que era una exageración tremenda, porque es imposible encontrar a alguien a quien le guste conversar más que a Castro. Su devoción por las palabras es cáso mágica.

En la primera época, tras el triunfo de la revolución, los acontecimientos públicos no solían empezar hasta que Fidel aparecía, algo tan impredecible como la lluvia. Sin embargo, esto ha cambiado considerablemente, pues en los últimos años su puntualidad es como la de un reloj suizo y la duración de sus discursos depende del estado de ánimo del público. Así, los discursos interminables de los primeros tiempos pertenecen a un pasado que ahora se mezcla con la leyenda, y el propio estilo oratorio de Castro se ha ido condensando tras tantas sesiones de pedagogía retórica.

Incluso los discursos más difíciles parecen charlas informales, como las que mantuvo al principio de la revolución con los estudiantes en el campus universitario. De hecho, sobre todo en las intervenciones que se producen fuera de La Habana, no es raro que en una reunión pública alguen de entre los asistentes tome la palabra y se inicie así un apasionado diálogo a gritos..

Castro tiene un lenguaje para cada ocasión y una táctica diferente de convencer en función de si sus interlocutores son obreros, agricultores, estudiantes, científicos, políticos, escritores o visitantes extranjeros..

Es capaz de ponerse a la altura de cada uno de ellos y dispone de amplios y diversos conocimientos que le permiten moverse cómodamente en cualquier situación. Sin embargo, su personalidad es tan compleja que su público, al final de alguno de sus discursos, puede haberse hecho distintas imágenes de él.

Un hombre centrado en la victoria

De lo que no cabe duda es de que independientemente de dónde, cómo y con quiés esté, Fidel Castro siempre sale ganando. No creo que nadie en este mundo sea peor perdedor que él. Su actitud ante el fracaso, incluso en asuntos insignificantes de la vida diaria, parece obedecer a alguna lógica secreta. Aunque si alguien le hiciera un comentario al respecto no lo admitiría, no encuentra ni un momento de paz hasta que no consigue salir victorioso de una situación.

Tras haber escuchado a Castro en múltiples y muy diversas situaciones me he preguntado muchas veces si su ardor retórico no obedecerá a una necesidad física de aferrarse a toda costa al hilo de la realidad que sirve de guía entre los espejismos alucinantes del poder..

Me he planteado esta pregunta a lo largo de muchos diálogos tanto públicos como privados, pero sobre todo en las conversaciones más difíciles e infructíferas con aquellos interlocutores que en su presencia pierden la naturalidad y el aplomo y le hablan utilizando fórmulas retóricas que distan mucho de la realidad.

Pero todo cambia cuando se trata de la gente de la calle. Es entonces cuando la conversación recupera esa expresividad y franqueza del afecto verdadero. A pesar de las duferentes formas de dirigirse a él, tanto en el ámbito civil como en el militar, en la calle tan sólo le llaman Fidel. Le rodean sin que exista ningún tipo de riesgo, le tutean, discuten con él, le contradicen y le comunican en persona sus exigencias llenas de verdades.

Es precisamente en estos pocos momentos, más que en la intimidad, cuando sale a relucir el ser humano que se esconde tras su agudo ingenio, y que es el Fidel Castro al que yo creo conocer bastante bien tras haber pasado horas y horas de conversación en las que no solía predominar precisamente el espectro de la política. Es un hombte austero y de ilusiones insaciables, formal y de costumbres algo anticuadas, de palabras cautas, modales simples e incapaz de concebir ideas que no sean extraordinarias.

Sueña con que sus científicos encuentren una solución al cáncer y es el artífice de una política exterior digna de una potencia mundial en una isla que es 84 veces más pequeña que su país enemigo. Guarda con tanto celo su intimidad que su vida personal es el enigma más misterioso de la leyenda creada en torno a su persona.

Tiene la convicción casi mística de que el mayor logro del ser humano es formarse una conciencia propia y de que los incentivos morales, más que los materiales, son capaces de cambiar el mundo y hacer avanzar la historia. Creo que es uno de los mayores idealistas de nuestra época y quizás sea ésta su mayor virtud, aunque a la vez ha sido también su mayor peligro..

Muchas veces, Castro acudía muy tarde a mi casa. En ocasiones le pregunté como iban las cosas y más de una vez me respondió que todo iba viento en popa.

Le he visto abrir la nevera para comer un trozo de queso, quizás lo primero que comía desde el desayuno; le he visto llamar por teléfono a una amiga en México para pedirle la receta de un plato de su agrado; le he visto apuntarla apoyado en la cocina entre los cacharros de la cena aún sin lavar. En los pocos momentos de nostalgia que invadían a Castro escuché cómo evocaba los amaneceres y la vida en el campo, el amor de su juventud que lo abandonó y las cosas que podía haber hecho de otra manera.

Una noche, mientras comía lentamente helado a grandes cucharadas, lo vi tan abrumado por el peso del destino de tantas personas que se fueron alejando de él, que por un instante parecía un hombre diferente del que siempre ha sido. Le pregunté qué era lo que más le gustaría hacer en este mundo y me contestó inmediatamente que deambular por las calles.